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Pasear entre lavandas, una caricia para el alma

En México, ya podemos vivir una experiencia realmente diferente y deliciosa caminando en campos de cultivo de lavanda. ¿Más relajadas y felices? ¡Imposible!

Por Maricruz Pineda Sánchez

     Los pies se hunden en la tierra suelta, la mirada se inunda de verde y sólo se escucha el sonido de la naturaleza; pero lo mejor del paseo, es el exquisito y perfumado aroma que se desprende al rozar las plantas de lavanda. Percibir las primeras notas de su perfume, nos llena de placer. Pero aquella parte que pese a no percibir de forma consciente, pega en alguna zona de nuestro cerebro, irremediablemente nos conducirá a la paz, la tranquilidad y el abandono. 



Estamos en el Rancho San Martín Lavanda, en Puebla. Una pequeña brecha nos ha conducido a esta especie de paraíso terrenal. Situado en un claro en medio del bosque, en sus tierras se lucen gruesos ramos de lavandas cuyas tonalidades van del púrpura al índigo, pasando por el rojo burdeos y hasta el blanco. Y es que aquí, se cultivan ocho variedades de la aromática planta.

Manuel y Laura Cossío son nuestros anfitriones. Nos reciben con un café y una rebanada de panqué, obviamente de lavanda. Luego, nos explican que la producción está destinada, una parte a la venta y otra a la elaboración de productos como jabones, aceites esenciales, almohadillas terapéuticas y sachets. “Pero una actividad que ha comenzado a crecer, es la visita de personas que llegan a experimentar una caminata terapéutica que inicia en los cultivos y se extiende hasta el bosque”, dicen.

    Manuel, junto con otros dos productores, es pionero en el cultivo intensivo de la lavanda en México. “No es la que usualmente vemos crecer en los camellones y jardines. Se trata de variedades distintas, oriundas de España, Francia o Inglaterra. Algunas se pueden deshidratar y entre más tiempo pasa, más se acentúa su aroma. Otras son propias para cocinar. Algunas sirven de ornato”.


En temporada de cosecha (julio y agosto) y gracias a los efectos del de boca en boca, los fines de semana se dejan llegar personas deseosas de conocer el proceso de extracción de aceites y a elaborar productos. Pero sin duda, lo más apreciado es poder dar una caminata que inspirada en la técnica japonesa llamada shinrin-yoku o baño de bosque, resulta un lujo para el alma.

Fernando Orozco es nuestro guía en esta fabulosa experiencia y mientras nos lleva sendero arriba, nos platica que hace no muchos años, fue desahuciado. Su problema de salud era tan fuerte, que sólo le restaba esperar a que llegara su momento. “Decidí entonces renunciar al estresante estilo de vida que llevaba y pasar mis últimos días aquí. ¿Qué ocurrió? No lo sé exactamente, pero sané. Dios y el bosque me curaron”.

Con los celulares fuera de servicio, sin prisas ni expectativas, disfrutando cada paso, comenzamos a aguzar los sentidos y nos entregamos a la acción terapéutica del bosque. Dejamos que lleguen a nosotros los sonidos suaves, las texturas fascinantes, unas vistas increíbles, el sabor de sus frutos y el indescriptible aroma. Relajados y emocionados, llegamos hasta a la cima de una barranca y la majestuosa vista del Iztaccíhuatl, es el clímax perfecto.

Pero no hemos acabado. Luego de bajar por un sendero bordeado de árboles cuyos líquenes colgantes le dan un aire surrealista, participamos en la gran fiesta de la cosecha de la lavanda ya que justo, hoy es el día para cortarla. Nos deleitamos con su aroma mientras cortamos las flores y llenamos nuestra canasta. Luego, hacemos ramos que no serán para nosotros ya que se quedarán en el rancho y nos sentimos agradecidos, por retribuir con un poco de trabajo, a lo mucho que hemos recibido durante la jornada.

     La tarde empieza a caer y nos sentamos a comer en unas mesas colocadas a un costado de los sembradíos. Para quien lo requiera, también hay asadores. Nosotros disfrutamos un día de campo de lujo, con unas chapatas de jamón serrano con vino tinto y de postre, enjambres de chocolate, que hemos traído de casa. La charla amable con nuevos amigos se prolonga y el placer de lo esencial nos sorprende. Pero llega la hora de volver a casa y muy a nuestro pesar, emprendemos el regreso no sin antes anotar entre nuestros imprescindibles, las visitas frecuentes a los campos de lavanda.  

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