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Todo por un beso. El Palacio Belvedere

Estar frente a la obra cumbre de Klimt es indescriptible y esa fría mañana en Viena, nuevamente comprobé que las cosas siempre se pueden poner mejor.

Por Maricruz Pineda Sánchez

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, Víctor, mi compañero había decidido que arrancaríamos en Viena nuestro periplo por Europa. Inmersa en un mar de trabajo, había dejado en sus manos la planeación de nuestro primer gran viaje y aunque sin duda me ilusionaba asistir a un concierto, visitar los palacios y hartarme de pasteles, la idea de comenzar por ahí no me parecía muy práctica.

Hacía pocas horas que habíamos aterrizado y apenas habíamos dormido, pero en los viajes hay que aprovechar el tiempo y a primera hora, nos lanzamos a tomar el tranvía. Los austriacos son muy amables y para más fortuna, encontramos a una pareja de mexicanos que viven allá y nos orientaron divinamente. Sin duda, preguntando llegaríamos no a Roma, sino al Schloss Belvedere.
  

Misterio en el Palacio

No sabía mucho sobre nuestra primera parada. En lo que llegábamos, me enteré de que este recinto fue construido entre 1714 y 1723 como residencia de verano para Guillermo de Saboya y que las estatuas de los leones con los genitales a la vista que resguardan la entrada, se colocaron como símbolo de su virilidad. Ya en posesión de los Habsburgo, fue escenario del mítico baile de máscaras al que fueron invitadas miles de personas para celebrar el compromiso entre María Antonieta y el Delfín de Francia. A lo largo de su historia, el lugar albergaría a personajes y hechos notables. En la actualidad, es un hermoso recinto que resguarda obras de arte y hermosos jardines de los que nadie se va, sin haber tomado fotos a las imponentes esfinges de mármol que los resguardan.

Una monada. Pero frente a otros atractivos de Viena, sentía que aquella parada se quedaría corta. Propuse un cambio de planes, pero Víctor se negó y yo no insistí. Primero porque es un tauro redomado y cuando decide algo, difícilmente da marcha atrás y luego, su entusiasmo por recalar en el Belvedere antes que en cualquier otra parte, me tenían intrigada. El misterio no tardaría en resolverse.

¡Oh! El amor

Llegamos al conjunto palaciego y sí, ahí estaban los dichosos leones dando paso a una construcción preciosa que en un principio, no pude admirar a mis anchas porque él me tomó de la mano y me hizo entrar casi a la carrera, en dirección de un punto específico.”¿Qué está pasando?”, pensé mientras lo seguía por las escaleras hasta una sala en la que al entrar, me tapó los ojos.

“Quise traerte aquí antes que nada”, me susurró al oído, “como una manera de decirte cuanto te amo y lo mucho que me importas”. Al descubrirme, el corazón me dio un vuelco y las emociones desencadenaron una tormenta perfecta. Justo frente a mí, pude contemplar ni más ni menos, una de las pinturas que más me inspiran, gustan y conmueven: El Beso.

Yo no sabía que el Belvedere alberga varias de las más importantes obras de Klimt (1862-1918). El legado del vienés, es uno de los más destacados en la historia del arte y El Beso, suele aparecer en el top de las pinturas que más gustan en el mundo. Obsesionado por la voluptuosidad y la sensualidad, el artista que primero fue tachado de pornógrafo y luego de genio, supo transmitir sus inquietudes en su creación. Se cree que en esa pareja entrelazada quiso retratarse a él mismo y a su compañera, la diseñadora Emilie Flöge. Su belleza estética es innegable pero además, encierra un gran simbolismo: la unión sagrada del hombre y la mujer a través del amor.

De delirios


El Beso es una experiencia que no parece de este mundo. Los casi cuatro metros de lienzo en donde elementos inspirados por el arte japonés y mosaicos tipo bizantinos, parecen flotar a través de un caleidoscopio, son sólo el prólogo. La gran historia viene después, con ese par de amantes que entre ansias y entregas se funden en una postura imposible. Pero más allá de su belleza, esta pintura tiene algo que la hace maravillosa y perturbadora. Y es que es inútil querer escapar del choque entre el erotismo al que nos convoca y la sensación a la que remite su dorado espectacular, mezcla de óleo con pan de oro que antes de Klimt, era exclusiva de los altares de las catedrales y los sarcófagos de los faraones.  


El Beso es delirio puro. Ni Klimt en sus arrebatos creativos, ni los amantes en su apasionado abrazo, ni quienes un día cualquiera nos topamos con la pintura, podemos huir de su influjo. El Beso, dicen, nunca decepciona y las más de las veces, supera con creces cualquier expectativa. 


Y es verdad. En ese momento volví a comprobar que en los viajes, las cosas siempre se pueden poner mejor. Lo supe aquel día en el que el hombre que amo, me llevó a miles de kilómetros lejos de casa para ponerme frente a una sublime muestra del talento humano, para declararme su amor. 


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