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Mi affaire con Tutankamón. El Valle de los Reyes

El Valle de los Reyes es alucinante. Visitarlo, tal vez sea una de las mejores experiencias en Egipto. Pero además, yo iba en una misión muy especial.

Por Maricruz Pineda Sánchez

El desierto interminable y eterno, los destellos del sol que hacen que la arena parezca polvo de oro y la presencia del imponente pico consagrado a Meretseger, la diosa del inframundo representada por una cobra y cuyo nombre significa “la que ama en silencio”, son el marco perfecto para penetrar en uno de los lugares más fascinantes y misteriosos del mundo.

Para eludir el calor y las multitudes, en Egipto el turismo se hace casi las 24 horas del día. Así que en un momento realmente extremo de la madrugada, el guía pasó al hotel por mi hija Analaima y por mí para abandonar Luxor y enfilarnos rumbo a la famosa necrópolis. Aunque llevábamos varios días de viaje y el cansancio comenzaba a hacer mella, la ilusión por visitar el lugar en donde habían encontrado la tumba de Tutankamón nos dio el subidón. El camino serpenteante nos condujo a través de enormes formaciones calizas y antiquísimos cursos de agua hasta el majestuoso Valle de los Reyes cuya entrada, es custodiada por unas estatuas de Anubis el dios del inframundo. 


El corazón me latía a mil. Desde muy jovencita había soñado con ese momento. Y es que mucho tiempo estuve enamorada del mítico faraón. Mi amor por él había nacido luego de leer un artículo en una revista que encontré en un salón de belleza, mientras aguardaba a que arreglaran a mi madre. Ahí conocí los misterios de su vida, su fabuloso tesoro y la maldición que pesaba sobre quienes profanaran su tumba. Pero sobre todo, me atrapó su rostro que plasmado en su fastuosa máscara mortuoria de oro, lucía tan hermoso y triste. Recuerdo que pasaba largas horas soñando en “algún día”, ir a Egipto y visitar al ilustre personaje. 


Bueno, pues ese día al fin había llegado y yo estaba emocionada y feliz. 


El Set Maat o “lugar de la verdad” como se le llamó al Valle de los Reyes, es una hondonada que en medio del desierto oculta una red de tumbas construidas bajo la tierra con el propósito de ocultarlas. La relación de los antiguos egipcios con sus muertos era hermosa: guardaban con profundo celo la intimidad de la vida eterna, preparaban el cuerpo del difunto para que tuviera el mejor de los viajes, lo rodeaban con las cosas que le gustaban y seguramente necesitaría para su viaje y lo ocultaban en cámaras selladas para que su sueño no fuera perturbado jamás. Durante el reinado de Tutmosis I (1504 a 1492 a.C.), se comenzó a sepultar a los miembros del Imperio Nuevo en este sitio.

A lo largo de los siglos casi todas las tumbas depositarias de riquezas inimaginables, fueron saqueadas. Muchas de las momias de sus moradores fueron arrojadas a algún rincón del sepulcro vacío, en donde permanecieron como mudos testigos de la ignominia, hasta que fueron rescatadas y trasladadas a museos. Sin embargo, los ladrones no se pudieron llevar las magníficas pinturas ni la regia arquitectura de los sepulcros. De tan impresionantes y hermosas, se bastan a sí mismas para hacer que la visita al valle sea memorable.


A la compra del ticket de entrada, hay que elegir tres tumbas y la de Tut se paga aparte. Todo el mundo te advierte que en realidad no hay mucho que ver ahí adentro; pequeña, sin una gran decoración, con la momia metida en un sarcófago de madera y desprovista de sus tesoros, que ahora mismo están repartidos en los dos museos más importantes de El Cairo, su importancia para el viajero es más bien ritual. Estar en el lugar donde en 1922 Howard Carter asombró al mundo al encontrar una sepultura intacta y pletórica de objetos maravillosos, además de que ahí mismo reposan los restos del faraón, es incomparable.


Iniciamos el recorrido en los mausoleos de Tutmosis y Ramsés I y III. Penetrar en ellas arranca emociones a las que pocas veces logramos llegar; tocar la magnificencia del poder y a pesar de ello, lo ineludible de la muerte, la historia ancestral que encierran, el arte plasmado en techos y paredes, el misterio, la magia y al final, la esperanza de la vida eterna... De verdad que es una experiencia que deja corta cualquier descripción.   


Pero faltaba el bocado principal. Con el corazón palpitando y la piel erizada. Llegué a la KV62, nombre técnico de la tumba de Tutankamón. Luego de la foto de rigor y de pedirle a mi hija que me dejara un rato a solas, me dirigí a la pequeña cámara. Como habíamos ido en temporada baja, había poca gente y cuando me incliné sobre la urna para mirar los restos del que había sido el objeto de mi afecto durante mis delirios juveniles, la emoción me invadió.

Aquello representaba uno de mis sueños más acariciados y sentir que lo había logrado estaba siendo grandioso. Me tomé mi tiempo para disfrutarlo intensamente. Luego, le cerré un ojo a mi amado y le aventé un beso de despedida. Cuando salí, algo había cambiado en mi interior. De ese fugaz encuentro salí hecha una mujer poderosa, capaz de conseguir lo que de niña anheló.

Mi affaire con Tutankamón lo cerré literalmente con broche de oro unos días después en el museo de El Cairo. Recorrer la sala que guardaba su tesoro, fue un paseo entre maravillas. Recuerdo el trono en cuyo respaldo hay una representación del monarca y su consorte o el templete que guarda los vasos canópicos de alabastro. Los objetos cotidianos o la estatua del ka o Tutankamón negro que representa la esencia inmortal del monarca. Pero desde luego que lo más especial fue encontrarme con la máscara de oro, aquella que me sedujo, que me llevó a hacer todo para llegar hasta ella y que como ocurre cuando cuando hay un buen amor, me hizo sacar lo mejor de mí.

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