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El viaje de… Anayenssi Castillo

Juntos 24x7. Bretaña, el viaje decisivo

He tenido la fortuna y la adicción a viajar. Recuerdo la primera vez que visité un país distinto al mío; una sensación de libertad absoluta, muchísimo miedo a lo desconocido, a perderme, a que no me entendieran y al mismo tiempo una gran emoción de experimentar un mundo diferente, las personas, las tradiciones, el lenguaje, los olores y colores. Pero por sobre todo, fueron las sensaciones que se despertaron en mí lo que me marcaron para siempre.

Desde entonces amo viajar y he tenido experiencias muy especiales. Muy joven me fui a Argentina con mi mejor amiga buscando el sentido de la vida.

Después llegué a Praga a dar un entrenamiento laboral para los mercados rusos y asiáticos.

Luego, lleve a mis papás por primera vez fuera de México y viajamos a Nueva York. En realidad, he hecho muchas travesías, pero hay una que guarda un lugar extra grande en mi corazón, porque significó el inicio de algo que yo había añorado por mucho tiempo: el amor.

Fue a Bretaña, en Francia, a donde llegué para conocer la ciudad, la familia y a los amigos de mi novio. Yo ya conocía París y no tenía amigos en ese país así que no estaba en mis lugares próximos a visitar, pero me enamoré y las cosas cambiaron.

Poco tiempo atrás, de mi trabajo me habían transferido al extranjero y me lancé a la aventura. Antoine había llegado a la misma ciudad y por las mismas circunstancias que yo. Ambos estábamos iniciando una nueva vida en los Estados Unidos por trabajo. Al principio, la añoranza por la tierra y nuestra gente nos unió. Cuando nos dimos cuenta, estábamos perdida y locamente enamorados.

Entre otras cosas, él me atrajo porque me provoca ese sentimiento de vivir de viaje, Compartimos y nos asombramos de nuestras diferencias y similitudes culturales. Yo le cocino comida mexicana y él me cocina cosas francesas, nos reímos de las locuras de cada país y nos enseñamos español y francés mutuamente. 


Teníamos cuatro meses de conocernos cuando su papá llegó de visita. Entonces Antoine me dijo que tenía muchas ganas de ir a Francia porque desde que dos años atrás se había mudado, no había vuelto. Agregó que le gustaría que yo lo acompañara. Acepté en un segundo, ¡no podía esperar a conocer el lugar y las personas que lo vieron crecer! 


Compramos el vuelo y conforme se acercaba la fecha, comencé a sentir un nerviosismo que aumentaba y no podía explicar. Primero me preocupé por el idioma, aunque tomé francés en la escuela era como si ese disco lo hubieran borrado por completo de mi memoria. Después pensé en cómo me irían a recibir y si les causaría una buena impresión a los suyos. Tenía ansiedad por conocer más sobre su vida antes de mí y como interactuaría conmigo al estar con los demás. Luego, me inquietaron temas más triviales pero que en el momento se sentían igual de importantes: qué me pondría, y cosas por el estilo. Consulté con 100 amigas sobre cada mínimo detalle tratando de prever cualquier escenario con la familia, amigos y cuando estuviéramos solos. 


Mi mamá de dijo que este viaje sería decisivo para saber cómo funcionamos conviviendo 18 días 24x7. Eso me puso aún más nerviosa. ¿Qué pasa si nos peleamos a la mitad del viaje y no tengo ningún otro lado a dónde ir? ¿Y si no les caigo bien a los amigos? ¿Qué tal si me deja sola en una reunión y no entiendo lo que las personas hablan? Esas y muchas más preguntas fueron algo de todos los días, las semanas previas al viaje.


Por fin llegó el gran momento. Con nervios y sin saber que me esperaría, me lancé con todo. No tenía idea de que aquello se convertiría en el mejor viaje de mi vida. 


Lo recuerdo todo tan vívidamente y con tanto amor. Bretaña es un rinconcito hermoso del mundo, una ciudad de menos de mil personas que se quieren como familia. Me enamoré de las hortensias enormes y coloridas que crecen por todos lados, de las casas con techos de piedra como de cuento de hadas, de las deliciosas crepas degustadas con sidra de manzana.



Recuerdo los rostros de los amigos sonriéndome y tratando de hablarme en ingles lo mejor que podían. A su padre cocinando los mariscos frescos que había pescado por la mañana. A su familia dándome la bienvenida. A Antoine susurrándome al oído, lo feliz que estaba de que las personas que más quiere, hubieran conocido a la mujer que ama.

Montados en una motocicleta, paseamos por los pueblos aledaños y visitamos castillos maravillosos y mercaditos encantadores. Nos hartamos de queso, vino, y más queso y más vino. Fuimos al mar, lo vi surfear y de su mano yo lo hice por primera vez.

Repasé una y otra vez los álbumes mirando sus fotos de bebé.

Regresé a casa con unos kilitos de más. Pero sobre todo con nuevos amigos y familia, con un sentimiento inédito de haber recién despertado del sueño más hermoso y desde luego, más enamorada que nunca.

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