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El viaje de… Edith Oropeza

De viajes, cambios y simples realidades

Hay viajes que cambian la vida y otros, que simplemente te muestran “cómo” es la vida. Tenía 25 años cuando me harté de la rutina y volé a Chile en el Cono Sur. Sin boleto de regreso, contacté a amigos entrañables, cerré mi departamento, hice algunos trámites y me fui. 


Al principio todo era perfecto: tardes de risas y recuerdos con amigas de la adolescencia, el reencuentro con mi primer “gran amor”, la atención desmedida para quien llegaba de otro país y, lo más importante, la liberadora sensación de empezar de cero. 


La vida era tan bonita y egocéntrica que seguido me preguntaba cómo no se me había ocurrido antes tan increíble hazaña… Y mientras seguía pensando en mí, en mis planes y mi dudoso futuro, la realidad me tenía guardada una aleccionadora sorpresa. 


Uno de los errores más comunes de los viajeros “sin rumbo” es tomarnos demasiado en serio. Andamos tan ensimismados en nuestro gigantesco yo, que nos parece justo y normal pensar que nuestro bienestar es relevante para los demás. Pero no es así. En realidad, la gente vive resolviendo sus días, librando batallas personales, ganando y perdiendo estructura; lidiando con sus pensamientos y sus emociones. Es decir, la gente se despierta y lo primero y último que hace es tratar de vivir su propia vida, y nunca la de alguien más. Ese detalle, tan básico, lo entendí años después. 


Por supuesto, antes de hacerlo, libré experiencias de todos los colores posibles: desde tomar decisiones que pusieron mi integridad en riesgo, comer muy poco y pasar días enteros buscando trabajo, hasta llegar a dormir a un cuarto diminuto y solitario. Los amigos de antaño, el novio inolvidable, las risas y los recuerdos se habían mezclado rápidamente en la cotidianidad y las exigencias de la vida diaria, en la que YO, definitivamente, no era lo más importante.

Ahí, en la realidad sin maquillaje y a kilómetros de distancia de mi país, la vida siguió y fluyó también. En el camino, me crucé con gente que sin más me compartió su tiempo, su espacio, sus vivencias y hasta algunas cervezas, tequilas y café. Gente sencilla y sin pretensiones que no esperaba gran cosa de la “mexicana medio simpática” que se había aparecido por ahí con su fantasioso nuevo comienzo ya en pedacitos. Y sí, en ese mundo que no tenía nada que ver con el que yo conocía, los días empezaron a tomar un color más nítido y real.

Pasaron pocos años antes de que decidiera a regresar a mi país y empezar, una vez más, de cero. Sin embargo, de ese accidentado y largo viaje me quedé con dos lecciones. La primera: nuestros amigos nos aman, pero sus circunstancias no siempre los ponen en el lugar ideal para arriesgar su bienestar por nuestros sueños. Y dos: la confianza, el apoyo, las ganas de dar y de compartir son un regalo que sucede, un golpe de magia que no podemos más que agradecer y honrar. (A mis amigos Viviana y Ali, por ser magia y refugio). 

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