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El viaje de… Magali Mendoza

¡Quebec! Cuando la pena es más fuerte que el miedo

El primer vuelo al extranjero que hice sin compañía fue a los 19 o los 20 años, no lo recuerdo con exactitud. Me sentía muy nerviosa, no tenía ganas de ir. Fue mi madre quien con una frase me dio la confianza y fuerza para llevarlo a cabo: “eres ciudadana del mundo”. 

El vuelo de ida y vuelta de México a Canadá lo haría por mi cuenta. Me tranquilizaba el hecho de que mi amiga Stephanie iría por mí al aeropuerto y me llevaría a su casa. Así fue, ella fue por mí y tomamos un taxi. Luego me explicó cómo usar el metro, en qué estaciones podía bajarme y cuáles correspondían a la zona roja de Montreal. Pero ¿por qué este viaje fue especial, en qué me cambió?

Durante la estancia, Stephanie me había invitado a conocer Ottawa. Fuimos a la casa de su papá que quedaba cerca de un río, también hicimos otras salidas más cercanas a Montreal… y un día de la nada me dice: “Tienes que conocer Quebec”. Yo le respondí: “¡Ah, claro!”, mientras daba por supuesto que viajaríamos juntas. Pero ella interrumpió mi pensamiento y agregó: “Ya te hice la reservación de los boletos del bus y del hostal”. La miré sin querer entender, pero en mi cabeza resonaban todas esas palabras y se acomodaban revelándome que no era un error, que ella me había dicho claro como el agua y como si nada, que yo viajaría sola. 

Para ella no era una rareza hacer un viaje en solitario, con mochila al hombro y quedándose en un hostal. ¿Yo? Ni siquiera conocía esa palabra. Entonces tragué saliva y aunque me daba un miedo inmenso hacer algo nuevo que para nada pintaba en mis planes, le dije como si nada: “Me parece perfecto”.

Y es que si el miedo era grande, la pena de decírselo a mi amiga era mayor. Así que haciendo acopio de un valor que creía que no tenía, llegué en metro a la estación de autobuses y me subí al bus con la dirección del hostal que ya tenía la reservación a mi nombre. Al cabo del tiempo, llegamos a la parte baja de Quebec.

Con mapa en mano, porque en ese entonces no había nada de teléfonos móviles con internet y menos google maps, me dirigí a dónde sería mi lugar de hospedaje. Fue complicadísimo; en primera porque siempre se me ha dificultado descifrar rutas y coordenadas. Además, Quebec no es un lugar con calles trazadas en horizontal y vertical, así que cuando pensaba que si me iba derecho saldría a un sitio particular me equivocaba. Tuve muchos momentos de frustración, pero finalmente llegué al tal hostal.

¡Cuántas sorpresas, todo fue nuevo para mí! Compartir un cuarto con dos literas y un baño común. Conocer compañeras de habitación de otras nacionalidades. Todo se salía del esquema y la verdad es que no estaba tan mal. Mejor aún fue que en este hostal tenían actividades planeadas para hacer en grupo, una de ellas por la noche para visitar bares, así que ya “encarrerado el ratón”, me apunté. 

Se trató de una salida con un guía y con personas de muchas partes del mundo. Aún recuerdo a un australiano del que me era tan difícil entender su inglés. Visitamos varios bares y en un momento dado, decidí separarme del grupo para irme a descansar. ¡Habían sido muchas emociones por un día! Recuerdo muy bien la sensación de seguridad y libertad que experimente al caminar por las hermosas calles de vuelta a mi hostal.

Al siguiente día exploré la ciudad y llegué a su parte más alta. Subí y subí hasta obtener una vista maravillosa de Quebec. Sola, ahí sentada, de muchas formas me sentí en la cima. Y vaya que me había costado llegar. Esta imagen me ha acompañado desde entonces y aquella experiencia me dio el valor para seguir viajando sola y sin conocer a una persona que me recibiera en el aeropuerto. Este viaje fue significativo y constituyó el principio de lo que dijo mi mamá: ser ciudadana del mundo. 

También aprendí que los viajes ilustran, que lo nuevo enriquece, que nuevas amistades nacen sin importar la nacionalidad porque hay valores universales que nos unen y que una de las mejores inversiones en la vida, es viajar. Mi amiga Stephanie, quien vivía un departamento y vecindario agradables, pero sin lujos, no gastaba miles en ropa y menos en zapatos y cosas por el estilo, pero había viajado miles y miles de millas. Ella me dio un gran ejemplo que he seguido, a lo largo de mi vida. 

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