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El viaje de… Tere Soria

¿Quieres vida y recuerdos? De Brasil a Estambul

Mentiría si dijera que desde pequeña me llamaba la atención viajar. Este gusto surgió en mi primer trabajo. Ahí conocí personas que salían de vacaciones fuera del país. Me gustaba escucharlos platicar sobre lo que veían, comían o conocían. Siempre me surgían preguntas e inquietudes. Eso me alentó a viajar al extranjero.


Por fin, en 2001 tuve la oportunidad de salir al mundo y la experiencia me marcó. Este primer viaje, y casi todos, han sido sola y ¡ha sido fantástico!Una oportunidad de conocerme, de saber estar conmigo, antes de estar con el otro.


El destino me llevó a Brasil, el primer país que conocí y del cual me enamoré. Brasil me acogió muy bien. Llegué a casa de una amiga que conocí por internet y la experiencia fue bastante buena, pues viví como “brasileira”; es decir, salía al súper, paseaba al perro, iba a la playa con mi silla y paraguas, viajaba en transporte público y hasta apoyaba a mi amiga en actividades de oficina porque hablo portugués.

A partir de 2001 y hasta 2007 salí constantemente de viaje y cada vez que regresaba, era como si llegara “otra Tere”. Siempre me traía un pedacito del país en mi maleta y no solo me refiero a los souvenirs, sino que venían conmigo los momentos de convivencia, de recorridos y de lo que el país me ofreció. 

Viajar sola me permitía conocer a personas; siempre había alguien dispuesto a conversar y hasta a pasar momentos importantes de la vida. Por ejemplo, me tocó estar en Lisboa un año nuevo y ahí conocí a una argentina que vivía en la India y con la que pasé esa fiesta.

Siempre tuve gratas experiencias en los distintos lugares en los que estuve. La gente era amable y servicial, pero lo que más me gustaba era que yo sabía estar conmigo y disfrutar de mi compañía. 

Sin embargo, el viaje que cambió mi vida fue en 2007 a Estambul. La experiencia fue muy impactante por la cultura, el idioma y la religión (por ejemplo, escuchar el muecín llamando a la oración en la mezquita es estremecedor). También porque me hizo reflexionar mucho sobre mi condición de soltería (en ese momento ya estaba en la medianía de los treinta) y lo que quería hacer con mi vida a corto plazo.

A mi regreso a México, sabía que tenía que hacer algo. La distancia me hizo percatarme de que ya no me gustaba la rutina en la que había caído, ni las amistades. Sobre todo, una amiga que me había elegido como su “compañera de vida”, es decir; como no tenía novio ni prospecto en puerta a sus 35 años, me veía como su acompañante eterna. El punto es que terminé con varias relaciones que no aportaban a mi crecimiento personal ni emocional. Bajé de peso y comencé un camino en solitario que al final me llevó a encontrar a mi verdadero compañero de vida y convertirme en mamá, a mis 40 años.


Así mi historia con los viajes que me hicieron una ciudadana del mundo, a disfrutar de las lecturas, la música, las costumbres y la comida de otras latitudes, de saber que los viajes cambian. Ya decía Bioy Casares en su cuento Un viaje o El mago inmortal: “Para alcanzar la muerte no hay vehículo tan veloz como la costumbre, la dulce costumbre. En cambio, si usted quiere vida y recuerdos, viaje. Eso sí, viaje solo. Demasiado confiado juzgo a quien sale con su familia, en pos de la aventura”.

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